UNA MAÑANA
Era una de esas mañanas de sol, vulgar y cotidiana, en la que no había otra previsión que comprar el pan y la leche.
Justo en la esquina, un perro se cruzó corriendo y quedó enredado en la rueda de la bicicleta de un jovencito, que conectado a su MP3, no entendía como de pronto estaba revolcado en el asfalto con su Jean roto a la altura de la rodilla y algunos raspones.
Me acerqué para ayudar y al cruzarme me heló el pecho un bocinazo de no se qué auto que tuvo que frenar para no romper toda mi osamenta. ¡Bueno, flaco, no te pongas loco! ¡No te vi! grité con mezcla de susto y bronca.
Mientras tanto, me acordé que había dejado el agua al fuego, para unos mates, que a esta altura, ya estaría hirviendo.
Cuando terminé la discusión con el conductor, el flaco de la bicicleta se estaba levantando, maldiciendo al perro y a mí, ya que pensó que era la dueña. Le explico mis intenciones, se exalta y sin escucharme me manda a visitar las partes más íntimas de la lora que vive en el árbol de enfrente.
Volviendo a casa, me doy cuenta que se me rompió el sachet de leche y que alguien se llevó la bolsa del pan.
Vuelvo al almacén para repetir la compra pero Loli, la almacenera, me hace un gesto con las cejas para arriba, una mueca con la boca, no la entiendo. –Loli, ¿te agarró un tic? Pregunto inocente. Bajito, como al oído, me contesta:”se te abrieron todos los botones de la blusa, todos te miran”. Me miro el torso, desesperada, por suerte tenía un corpiño hermoso, violeta, de encaje italiano, pero con mis cien centímetros de tasa, todos, los que se amontonaron con el episodio de la bici y los del almacén, solo miraban todo lo que se me había escapado de ese lindo y caro corpiño violeta.
Salgo corriendo, muerta de vergüenza, tapándome como puedo, me voy a mi casa. Se había evaporado el agua de la pava y como ésta tenía sarro, empezó a crujir, hasta que finalmente se quebró. Y yo me quedé sin mate. “bueno, OK” pensé.”Me ducho y me voy a trabajar”
Mientras sale el agua de la ducha y el baño se llena de vapor, desnuda y con crema exfoliante en la cara, suena el timbre. Me apuro, me pongo una bata y abro la puerta. Era un agente de policía que buscaba testigos por el accidente de la esquina. “Bien, Dios existe” me digo. El tipo era un criollo, de esos que te comen con los ojos, morocho y cordial, que no parecía de la bonaerense, de pocas palabras, de esos que hablan con el cuerpo. Saco mentalmente la cuenta del tiempo que tengo antes de ir al consultorio, en todo caso llamo a mi secretaria y le digo que cancele a los primeros pacientes, y gentilmente le digo al morocho que pase, insinuando un café y algo más. Comienzo un monólogo, seductor y carismático, donde explico los sucesos de la bicicleta. No le doy ni un segundo para pensar, sigo hablando y me cruzo de piernas, sin dudas son irresistibles y nunca fallan. El criollo se levanta de golpe, apoya la taza de café en la mesa y me dice:”mamita, ninguna bicicleta. El mionca que se estroló en el almacén” y siguió hablando, sin eses, sin glamour, sin mirarme, y encima me dijo:”qué tufo tiene la crema que usás, igual fuera de servicio te vengo a dar. Chau mamita”.
¡No, no, no! Definitivamente hoy no es mi día, tengo que volver al reiki.
Para cuando llegué a la ducha, no se podía entrar al baño, estaba mojado, saturado de vapor y se había consumido toda el agua del termo tanque, por lo tanto estaba helada. Igual me duché, me fui al consultorio, pensando que solo son las once de la mañana y aún….. puede llover.